Mtro. Gaspar Herrera Farfán
Cuando la nostalgia invade es porque la tranquilidad se ha sentido amenazada, y de ello a la desesperación hay tan solo un paso; algo que ha puesto en jaque a científicos, poderosos y gente común, es tan increíble como el hombre invisible, al que no ves pero si sientes los golpes que te asesta.
COVID 19, ¡Quién eres!, ¡Cómo eres!, ¡Qué quieres!, Respuestas calladas ante interrogantes de todo y de todos; silencios obligados al ver tan solo caer a la gente producto de esa letalidad que utiliza como carta única de presentación, y ante quien hay que resguardarse sin saber de qué o de quien; protegerse sin saber como, ya que a río revuelto ganancia de pescadores, y las redes y los medios inundan con objetos milagrosos, pócimas maravillosas, y hasta escudos protectores que hacen olvidar al sentido y a la razón, generando el divorcio entre uno y uno mismo al dejar de pensar para guarecerse de manera permanente en el miedo.
No hay que ser alarmistas ni fatalistas, sino solo congruentes con la vida y las dificultades que a veces pone como precio para estar en ella; en busca de posibles respuestas personales y de valor, comparto una fábula marcada con la precisión de un motivo y de una solución; “El reloj del granjero”: Trabajando como de costumbre, un granjero perdio un hermoso reloj en una inmensa montaña de paja; dadas las características del mismo juntó a todos sus trabajadores y gente de la población a buscar el reloj, ofreciéndoles un premio; todos con afán buscaron pero nada encontraron; y es que era una pieza única heredada por el bisabuelo al abuelo, el abuelo a su padre y él, tenía el propósito de hacer lo mismo con su hijo.
En horas de la tarde se dieron por vencidos y es cuando entonces se escucha una inocente voz diciendo, dénme oportunidad y yo lo encuentro, solo pido por favor que me dejen solo y les prometo que encuentro ese reloj. Todos incrédulos pues ya habían revuelto la paja, se rieron del niño, pero el granjero dejando oir su gruesa y desesperada voz exclamó; ¡está bien, nada se pierde! Y se alejaron dejando solo al niño, quien a los pocos minutos regresó contento trayendo el reloj. Nadie lo creía, y él, abrazando al chico le preguntó cómo había conseguido esa proeza; la respuesta fue inocente y dijo; no he hecho nada más que sentarme en el suelo en completo silencio y escuchar con todos mis sentidos la plática imperdible del reloj, ustedes buscaron el objeto cuando lo que habría que busacar en él es el sonido. “La importancia de saber escuchar logrará el milagro de aprender a entender”.
Cada cual hace el trabajo que le corresponde, más aún que esto sí involucra a todos por igual; ¡ya basta de echar culpas o de buscar y señalar culpables, cuando no se escuchan los sonidos de la razón y de la prudencia!; ¡cuando se ignoran los gritos desesperados de quienes quisieran una burbuja para su familia, su municipio, o su estado, sabedores que en su interior no faltaría alguien con una puntiaguda aguja para hacerla explotar!. Gracias niño, gracias granjero, pero aún así y con todo ¿QUÉ NOS HACE FALTA PARA CREER?
